Capítulo 1

 

Inocencia mancillada

Lunes 7 de septiembre de 2015

 

—¡El turronero, ha llegado el turronero! ¡Tenemos turrón de almendras, del duro, del blando, de yema tostada, de nata y nueces y sin azúcar! ¡Vamos, niña, no te quedes sin probar los buenos turrones! —Con ese sonido infernal, como un martillo incesante que golpea sus cabezas, la estridente y repetitiva locución que sale del megáfono de la furgoneta del vendedor despierta a los arahalenses todos los lunes de resaca tras haberse recogido casi por la mañana, después de cinco días de feria bailando, cantando, comiendo y bebiendo en exceso.

     La Fiesta del Verdeo de Arahal, que tiene lugar en la primera semana de septiembre, es considerada como la celebración de un año nuevo. De esta forma tan jovial da inicio la campaña de recolección de la aceituna de verdeo que genera la mayor parte de empleos y riquezas de un pueblo que vive del campo. Casi la mitad de las tierras del término municipal están dedicadas a la explotación del olivo. De hecho, Arahal es el mayor productor mundial de aceituna de mesa de la variedad Manzanilla.

     Como cualquier lunes de resaca, el pueblo está casi vacío. Es festivo, hace calor y salvo algunos bares todos los comercios están cerrados. Al pasear por sus calles, puedes disfrutar del inconfundible olor del puchero que sale por las ventanas de la mayoría de los hogares impregnando el ambiente. No hay nada más bueno para la resaca que un buen caldo con hierbabuena, como manda la tradición.

     En esta localidad de la campiña sevillana, los termómetros aún pasan muy por encima de los 30 grados en estas fechas. Las campanas de las diferentes torres repartidas por el pueblo marcan las ocho de la tarde de un lunes siete de septiembre de 2015. A esa hora comienza a refrescar y los vecinos aprovechan para sacar las sillas y así sentarse en la puerta a tomar el fresco en las últimas noches de calor. Cada vez empieza a bajar la temperatura antes y, dentro de poco, cambiarán las mangas de camisa por la pelliza. Hoy en día, casi todo el mundo tiene ya instalado el aire acondicionado en la casa, pero aún son muchos los que continúan con esta tradición centenaria en la zona. Ese momento es el ideal para echar ratos de tertulia, chascarrillos o ponerse al día de todo lo que sucede en el municipio. Un popurrí de sillas se asoma cada día a la calle: de enea, plástico o playera, intentando que sea lo más cómoda posible para pasar el rato, ya que puede durar hasta altas horas de la noche.

     El sol cada vez se resiste menos en su lucha contra la gravedad para perderse, otro día más, por el horizonte en un atardecer maravilloso. Las chicharras cantan en los últimos días de calor sofocante del verano, acompasadas por el soplo del aire caliente. Este mueve las tiernas ramas de olivos repletas de aceitunas verdes esperando a ser recogidas con mimo y esmero por las manos de los temporeros.

     Irene, Laura y Lola, tres niñas de entre nueve y once años, pasean junto al campo de fútbol de albero de la zona conocida como Los Barreros en el barrio de El Arache, a las afueras del pueblo. Lola, la más pequeña del grupo, lleva atada a una correa una cría de perro bodeguero de color blanco y negro de apenas seis meses. Las tres pasean y juegan alejándose poco a poco del pueblo.

     —Se está haciendo tarde —dice Lola a su prima Laura.

     —Y nos estamos alejando demasiado —añade Laura.

     —No seáis quejicas, ¿tenéis miedo? Aún es de día —se queja Irene a sus compañeras de juegos y paseos. Ella es la mayor y, por ende, sabe que las otras dos harán lo que ella diga.

     Laura asiente con la cabeza y continúa caminando siguiendo a Irene.

     —Si tienes miedo, vuélvete a tu casa como las niñas chicas —se burla Irene de Lola.

     —¡Niña chica, niña chica! —le profiere Laura haciendo un cántico burlón.

     —Se lo voy a decir a tu madre —le recrimina Lola, casi llorando, a su prima al mismo tiempo que las sigue.

     Aunque se esté haciendo tarde, Lola prefiere seguir a sus amigas antes que quedarse sola y volver al pueblo.

     Sabe que no está tan lejos: ha pasado por allí muchas veces. No hay pérdida alguna, pero si su madre se enterase de que ha vuelto sola y se ha separado de su prima, no la dejaría salir más a pasear a Tobi, una de las cosas que más le gusta hacer. Además, su pequeña mascota no deja de tirar queriendo seguir a las niñas. Tiene ganas de pasear y jugar.

     Entre risas y juegos, las tres pequeñas, mientras juguetean junto a un campo en barbecho, se han alejado casi sin darse cuenta unos quinientos metros del pueblo. Han dejado atrás una pequeña zona donde hay una nave construida de bloques de hormigón a la izquierda y un huerto a la derecha y empiezan a vislumbrar un pequeño olivar. En estas fechas, las tardes cada vez son más cortas y la puesta de sol transcurre en pocos minutos. En nada de tiempo, la luz del día empieza a perder intensidad.

     El camino que recorren pasa a ser un sendero estrecho en pendiente donde solo se puede pasar de una en una. Está completamente rodeado de cardos borriqueros y ortigas. Las pequeñas caminan con cuidado: el terreno está seco y suelto, lleno de socavones y grietas provocadas por el agua cuando llueve. Lleva meses sin caer una gota y hace que la tierra se resquebraje.

     Al final de la cuesta se encuentran con la vía del tren, que hace de perímetro entre el pueblo y el campo por la parte oeste. No hay paso a nivel ni puente. La mayor invita a sus amigas a cruzar, pero las dos más pequeñas lo rehúsan: es tarde, están casi a medio kilómetro del pueblo y es peligroso, así que deciden no hacerlo. Tobi no deja de tirar y ladrar como si hubiera visto algún animalillo, seguro que de mayor será un buen cazador. A lo lejos, se escucha el sonido tan característico del tren. Posiblemente esté pasando por la estación, que se sitúa a unos cientos de metros. Los tirones del bodeguero cada vez son más bruscos, llegando a dar saltos mientras ladra continuamente. Lola intenta agarrarlo fuerte con sus pequeñas y delicadas manos, pero no lo consigue. Tobi, en una de sus embestidas, hace caer a su dueña. Lola, con el golpe, suelta la correa y el perro ale corriendo cruzando la vía.

     Pese a la caída, y tras haberse desollado las rodillas al caer sobre unos guijarros, la pequeña, en vez de quedarse en el suelo llorando como hubiera hecho cualquier niño de su edad, instintivamente se pone de pie, tan rápido como le es posible, preocupada por su mascota. El tren se está acercando, pero la pequeña sale corriendo sin pararse a pensar lo peligroso que es cruzar la vía del tren. Lola sube corriendo el montículo de piedras que hacen de soporte de la vía. El maquinista, que no se esperaba nada, no tiene tiempo de frenar. A pesar de que toca el silbato de la máquina para avisar que está cerca, la niña parece que no lo oye ni se percata de lo inmediato que se encuentra el peligro. Tiene todos sus sentidos pendientes en Tobi, no ve nada más. Irene grita a Lola para que se apresure y se quite de en medio de las vías del tren, mientras Laura se tapa los ojos con las manos para no verlo. Por suerte, la máquina, aunque no tenía que parar en Arahal, había reducido la velocidad a la altura de la estación, por lo que Lola consigue cruzar la vía antes de que llegue el tren, mientras se escucha de cerca el sonido ensordecedor del silbato. Las otras dos niñas esperan a que pasen todos los vagones, miran a su izquierda y derecha y, asegurándose de que no viene nada, salen corriendo tras ella.

     Lola baja por un pequeño barranco que hay tras la vía y corre como si estuviera poseída campo a través por un terreno de eriazo. No le quita ojo a Tobi, que cada vez está más lejos. Cuando Irene y Laura la alcanzan y se ponen a su altura, la empiezan a regañar.

     —¡Estás loca! Podría haberte pillado el tren —grita la mayor.

     —Cuando lleguemos a casa se lo voy a decir a tu madre —la amenaza su prima.

     La pequeña asiente dando la razón a las demás, mientras no deja de llorar. Está asustada por lo que acaba de pasar: su mascota se ha perdido, ha estado a punto de ser atropellada por un tren y sus amigas no paran de gritar ni de reñirle.

     A lo lejos alcanzan a ver cómo Tobi se adentra corriendo en un olivar contiguo a la vía. Las tres corren detrás del perro gritando a los cuatro vientos su nombre, pero el animal sigue su instinto y continúa adelante sin mirar atrás.

     El sol se está poniendo. Poco a poco, se percibe cómo la luz se va apagando y cada vez hay más penumbra, dentro de poco anochecerá. Ya no se oyen las chicharras, sus sonidos han dado paso a los mochuelos y grillos. Las tres chiquillas se adentran en el olivar. Están algo asustadas, miran a su alrededor, se agarran unas a las otras, pero solo ven olivos. Los ladridos cada vez se escuchan más fuertes, parece que el perro ha parado de correr y se están acercando a él. Después de unos minutos caminando y siguiendo el sonido, al fin ven a Tobi. Está parado y ladra mirando a uno de los olivos, no se ha dado cuenta de que las pequeñas han llegado a su altura. Lola se apresura a coger la correa antes de que salga de nuevo corriendo.

     —¡Eres malo, Tobi! Mira cómo me he puesto las rodillas por tu culpa —le riñe Lola al mismo tiempo que se percata de las rozaduras causadas por la caída y ve deslizarse por su pierna derecha una gota de sangre. Además, se ha arañado y despellejado las manos y tiene una uña un poco ensangrentada.

     La pequeña se gira y camina hacia Irene y Laura mientras continúa regañando al perro, pero cuando levanta la vista para dirigirse a ellas, las encuentra algo raras: están inmóviles, tienen la cara blanca y la boca abierta, parecen petrificadas, como si hubieran visto a un fantasma. Lola hace un gesto de incongruencia, no entiende qué les pasa, cree que la están intentando asustar.

     —¿Ya estáis con las bromas? No me asustéis, ¡me voy a chivar en casa! —les recrimina casi llorando.

     Pero las otras siguen sin inmutarse, sin decir ni media palabra, como si no fuera con ellas. De buenas a primeras, Irene da un grito tan fuerte que, seguramente, se oye hasta en el mismo pueblo.

     Lola se gira sin esperarse lo que van a ver sus inocentes ojos. Del olivo al que ladraba su perro, parece que cuelga algo. El sol ya se ha puesto y apenas queda luz, pero consigue distinguir lo que parecen ser los pies de un hombre colgando a dos cuartas del suelo, que se tambalean levemente de un lado a otro debido al viento. Está dentro del árbol y las ramas dificultan la visión del mismo, pero las piernas quedan a la vista de todos. Las niñas se quedan en shock: hay un hombre ahorcado en un olivo a escasos metros de ellas.

     Las tres salen corriendo sin mirar atrás mientras gritan despavoridas en dirección al pueblo. Piensan que el hombre que acaban de ver las persigue. Es de noche y apenas pueden distinguir el camino. La más pequeña vuelve a caerse y su prima Laura, en un gesto instintivo, se vuelve y la ayuda a levantarse para automáticamente emprender de nuevo el camino lo más rápido que pueden. Recorren el trayecto que las separa del casco urbano en pocos minutos. Las tres están muy asustadas y la más pequeña no deja de llorar. Acaban de ver una escena horrenda, esa imagen no la olvidarán fácilmente. Una vez a salvo en el pueblo, paran junto al campo de fútbol de albero. La luna ilumina toda la escena, es el momento propicio para coger aire y hablar de lo que acaban de presenciar, pero no tienen tiempo para ello, pues a lo lejos, escuchan a sus madres gritando sus nombres. Están buscándolas, por lo que deciden hacer un pacto: se escupen en la mano y se agarran unas a otras como si de un hechizo se tratara. Juran no contar nada de lo que han visto a nadie jamás.

 

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